viernes, 18 de marzo de 2011

Tras la ruta de la corvina





Respetan al mar como a pocas cosas en la vida, pero diariamente se emplean en desafiarlo. Persiguen sus frutos donde la marea indique: hoy en San Luis, quizás mañana ya no. Intrépidos por necesidad y también por elección son, en palabras de Pablo Neruda, “los pequeñitos pescadores artesanales de la costa”.

Año a año, el balneario San Luis, en la costa del departamento de Canelones, atrae a un grupo creciente de pescadores que llegan tras la búsqueda de un preciado recurso: la corvina Micropogonias furnieri. Ubicado a sesenta y dos kilómetros de Montevideo y con una población que no alcanza las cinco mil personas, la localidad se nutre de esta actividad que genera ingresos en una época del año en que suelen ser escasos. 
En el último invierno, se llegaron a contar más de ciento veinte barcas en el lugar. Cada una de ellas, es tripulada por tres o cuatro trabajadores que suelen instalarse en la misma franja costera junto a sus familias durante el período de zafra.
En el comienzo, fue Sergio
En 1994, Sergio de León llegó a San Luis desde el puertito del Buceo. Hacía algunos años que tenía chalana propia y se dedicaba a la pesca, pero quiso probar suerte fuera de la ciudad y parece que ésta quiso acompañarlo.
Cuando llegó al lugar, sólo se encontró con un par de viejos pescadores instalados. “Me di cuenta de que esto era una mina de oro sin explotar, y decidí quedarme todo el año. Pero como en invierno no estaban los turistas, hubo que buscar otros compradores, y ahí empezaron a llegar los intermediarios, que se llevaban el pescado directamente a las fábricas en Montevideo” contó el pescador pionero a PN.
El periodo de máxima captura en San Luis, se da entre los meses de Abril y Setiembre. Según explicó el director de Pesca Artesanal de DINARA (Dirección Nacional de Recursos Acuáticos), Pablo Puig, la zafra se da por las migraciones de la corvina, que tiende a concentrarse fuertemente en distintos sitios del Río de la Plata. “Hacia fines de primavera se la encuentra en Pajas Blancas, que es su zona natural de reproducción, pero luego tiene un período de dispersión, soliendo llegar en los meses de invierno a las costas de Canelones y Maldonado” contó.
Siguiendo ese mismo recorrido se trasladan también los pescadores, que viven una parte del año en Pajas Blancas y otra en San Luis. Actualmente, hay instaladas en el asentamiento alrededor de  doscientas personas que cuentan con unas cuarenta barcas construidas por ellos mismos.
Lucas y Alberto son dos hermanos de 17 y 14 años que viven en el lugar desde hace siete años, cuando llegaron junto a sus padres y cuatro hermanos pequeños. Como son menores, no están autorizados a embarcarse, pero se emplean en las tareas previas y posteriores a la salida al mar. Los conocí en la playa uno de esos días que los veraneantes en general aborrecen: estaba frío, y la llovizna y el viento se empecinaban en correr a los turistas más osados. Sin embargo, los hermanos estaban en plena actividad “arrachando” una barca, es decir, acomodando las redes luego de la última salida al mar.
Aprendieron el oficio de ver trabajar a los más viejos, pero me contaron que en el futuro les gustaría dedicarse a otra cosa, “porque el mar es demasiado peligroso para hacer esto toda la vida”. Justamente, el de la seguridad es uno de los temas que más preocupa a los pescadores; sienten que hay pocas profesiones tan riesgosas como la suya y que las medidas que Prefectura Naval les obliga a tomar no se adaptan a sus especificidades.
Al respecto, el Subprefecto de La Floresta, Mauricio Méndez, indicó que para salir al mar se exige que todos los tripulantes sepan nadar y tengan aprobado un  curso de capacitación que imparte Prefectura. Además, en lo que hace propiamente a la embarcación, se exige que las mismas cuenten con: un balde, dos bengalas para tirar en caso de emergencia, casco pintado de color naranja, chalecos salvavidas para todos los tripulantes y equipamientos VHF para mantenerse comunicados con el puerto base.
El intermediario, un mal necesario
Una vez que está en tierra, el pescado es acomodado en cajas y vendido al intermediario. En San Luis no se realiza ningún tipo de procesamiento de la materia prima, por lo que los transportistas se han vuelto los reyes indiscutidos del negocio.
Se llevan el noventa por ciento de la captura, y pagan $470 por cada caja de pescado que luego venden a $600. A pesar de esto, los pescadores creen que ellos constituyen “un mal necesario”, porque no cuentan con vehículo propio que les permita llevar la captura directamente a la fábrica, ni tampoco con cámara de refrigeración, lo cual daría un cierto margen para discutir el precio, o considerar a quién conviene vender.
Este vínculo es aún más complicado porque los intermediarios son también quienes financian la actividad de la gran mayoría de los pescadores. Cubren los costos diarios del combustible y se hacen cargo de los arreglos y traslados de las embarcaciones. Todo esto es inmediatamente descontado cuando llega la época de buena captura, pero mientras tanto contribuye a generar un círculo de deudas del que resulta difícil escapar.
Sergio, el que descubrió la mina de oro en 1994, ya no sale más a pescar, pero consultado sobre esto opinó que “el problema es que los pescadores se han acostumbrado a pedir plata prestada y han perdido el valor del ahorro”.
Problemas sociales de variada índole
El asentamiento de San Luis está construido sobre la franja costera a partir de la ocupación irregular de tierras fiscales y privadas, invadiendo la playa y habiendo generado serios signos de deterioro en ella. Hoy, los pescadores no cuentan con servicio sanitario, acceso a agua potable ni tampoco tendido de red eléctrica, lo que hace que vivan en condiciones de extrema vulnerabilidad.
Las casas son, en su mayoría, de chapa y costanero. Según Elsa Cohendet, esposa de uno de los pescadores más antiguos del lugar, esto es así porque la gente piensa “¿para qué voy a construir con material si en algún momento me van a sacar?”
Con respecto a ello, Julio Pérez, presidente de la Liga de Fomento del Balneario, sostuvo que se está trabajando en conjunto con la Comuna Canaria para conseguir terrenos cercanos al lugar y hacer un barrio exclusivo para esta comunidad. 
Lo cierto es que los trabajadores del sector pesquero han vivido históricamente en condiciones de precariedad económica, en gran parte a causa de que los niveles de ingreso que la actividad genera son sumamente inestables. El mecanismo de cuota parte constituye la modalidad de pago más común. Por lo general, los tripulantes de la barca se dividen el 60 % de la captura, mientras que el dueño se queda con el restante 40%. Si bien en época de zafra cualquier pescador gana un promedio de $1500 por salida, a eso suelen sobrevenir largos períodos de escasa o nula captura, en que se sufren graves penurias económicas. 
Además, el sector sufre algunos otros problemas que requieren atención urgente. Por ejemplo, es difícil encontrar pescadores que superen los cincuenta años, y esto tiene que ver con la dureza del trabajo, que genera problemas de salud a edades tempranas.
Por otro lado, un estudio realizado en el año 2003 por la ONG EcoPlata, constata que el 62 % de la población del lugar no ha alcanzado más que nivel primario de educación. Ese es uno de los puntos que más preocupa al presidente de la Liga de Fomento, quien señaló que lograr que los pescadores se reinserten en el sistema educativo es uno de los grandes desafíos que el balneario tiene por delante.
Pesca artesanal vs. pesca industrial
Otro de los problemas que enfrenta el sector tiene que ver con la sustentabilidad de la actividad de cara al futuro. Según un estudio realizado por EcoPlata en el año 2009, “mientras que la mano de obra generada por la pesca industrial es casi la misma que la generada por la pesca artesanal, esta última captura sólo al equivalente al 10 % de las capturas industriales”.
La diferencia está en las distintas modalidades de pesca que se utilizan. Mientras que la pesca artesanal es selectiva (porque sólo toma pescado de un tamaño determinado, que ya ha completado el proceso reproductivo), los barcos industriales o de arrastre rompen a su paso los comederos de los peces y trabajan con redes que no permiten el paso de los ejemplares más pequeños, por lo que también estos quedan atrapados.
Consultado por las fortalezas y debilidades de la actividad pesquera de cara al futuro, Pablo Puig respondió que si bien no hay posibilidad de que el recurso se extinga a causa de la pesca artesanal, sí está siendo amenazado por los barcos de arrastre.
“Ese sentimiento que asemeja a Dios”
Actualmente, la pesca artesanal brinda sustento a un gran número de familias uruguayas, tanto de forma directa como indirecta. A pesar de la dureza del trabajo y de las adversas condiciones de vida, muchos pescadores manifiestan dedicarse a ésta tarea por genuino placer. Pareciera que el mar no sólo marca la piel, sino también el alma de quiénes se atreven al desafío.
Julio Peña, uno de los pescadores de San Luis, manifestó que  “la pesca es una actividad completamente dinámica; brinda independencia al trabajador y se parece muy poco al resto de la Sociedad que tiende a crear rutinas en todos lados”.
Por su parte, Sergio de León definió al suyo como “un trabajo atrapante, de  pura libertad” y explicó que “uno se sube a una chalana que mide cinco o seis metros y ni cerca de dominar el mar, pero en pequeño se siente todopoderoso… El mar te da un goce podrido y único, ¡si será lindo!”




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